Pocos minutos después de apagada la luz, sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Comenzó a detectar los bordes, y poco después, los detalles con la mortecina luz que entraba por la ventana que estaba a pocos centímetros de la cabecera de su cama. Abría los ojos grandes para iniciar la aventura de esta noche.
Cuando era más pequeño, le hubiera gustado oir historias de alguno de sus padres, pero como gente ocupada del mundo moderno siempre estuvieron demasiado ocupados como para siquiera leerle una historia, no digamos inventarle alguna. Tan pronto comenzó a leer, tomó los libros que tenía a la mano, y a pesar de su corta edad, realmente disfrutaba leer lo que les pasaba a personajes extraños a su realidad.
Cuando se acabaron los libros, pareció que su hambre de historias no disminuía: quería más. Pero como no había más, decidió inventarse las propias. Una noche, después de varias sin historias, vió hacia el techo de su habitación, pintado de blanco totalmente, con ese extraño acabado que años después, descubriría que era rugoso. Ahí encontró al cuervo. Viendo hacia lo lejos, incolumne y tan blanco como lo demás de esa superficie.
Ese cuervo en particular, estaba volando un día entre los árboles de fruta que no estaban lejos de la ventana. El reflejo del Sol en la ventana misma apeló a la curiosa naturaleza del cuervo. Siguiendo el instinto, se acercó para robar el brillo inexistente. Decepcionado, se detuvo en el marco de la ventana, donde, nuevamente, fue presa de la curiosidad, al mirar hacia adentro de la habitación.
Queriendo explorar más allá de sus dominios exteriores, pegó un brinco y trató de volar dentro de la habitación. Pero su impulso fue demasiado fuerte y golpeó un ala contra el techo rugoso de la habitación. Más grande que el golpe, fue la sorpresa del cuervo al descubrir que el ala se quedó pegada al techo. En lo que cualquier persona adulta interpretaría como pánico, el ave intentaba en vano escapar de su inesperado captor.
Lo que nadie hubiera esperado (mucho menos el cuervo) fue que el techo empezara a volverse viscoso; hasta cierto punto, vivo. Surgieron de su superficie infinidad de filamentos minúsculos, que formaban alguna especie de cordones que se lanzaban de un lado a otro. Se podría pensar que el ave cayó en un techo de brea blanca, mientras más intentaba escapar, más quedaba atrapada. La viscosidad del techo, comenzó a absorber al cuervo. Éste, desfalleciendo, decidió que ya no valía la pena seguir tratando de liberarse. Cerró los ojos y se sumió en la oscuridad.
Algún tiempo después, abrió los ojos nuevamente. Curioso, como siempre, se lanzó al vuelo. Voló sobre un maizal interminable, sin espantapájaros a la vista, donde todas las mazorcas eran comestibles y nunca se acabarían. Se posó en un árbol y vio a lo lejos. Cayó en la cuenta de algo: todo era blanco. El maizal, la tierra, el cielo, el árbol donde estaba posado, incluso, se dió cuenta qué él mismo había perdido su oscuro color y era totalmente blanco. Si hubiera habido algún espejo cerca, hubiera visto que su otrora pico y ojos negros eran totalmente blancos.
Detenido en la vigía desde el árbol, fue descubierto por un inquieto observador que moraba en la habitación donde la curiosidad lo hizo víctima y protagonista de una de las historias que servían para satisfacer la curiosidad creativa de un niño que quería oir más historias.
Barbeytus…
Pocos minutos después de apagada la luz, sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Comenzó a detectar los bordes, y poco después, los detalles con la mortecina luz que entraba por la ventana que estaba a pocos centímetros de la cabecera de su cama. Abría los ojos grandes para iniciar la aventura de esta noche.
Cuando era más pequeño, le hubiera gustado oir historias de alguno de sus padres, pero como gente ocupada del mundo moderno siempre estuvieron demasiado ocupados como para siquiera leerle una historia, no digamos inventarle alguna. Tan pronto comenzó a leer, tomó los libros que tenía a la mano, y a pesar de su corta edad, realmente disfrutaba leer lo que les pasaba a personajes extraños a su realidad.
Cuando se acabaron los libros, pareció que su hambre de historias no disminuía: quería más. Pero como no había más, decidió inventarse las propias. Una noche, después de varias sin historias, vió hacia el techo de su habitación, pintado de blanco totalmente, con ese extraño acabado que años después, descubriría que era rugoso. Ahí encontró al cuervo. Viendo hacia lo lejos, incolumne y tan blanco como lo demás de esa superficie.
Ese cuervo en particular, estaba volando un día entre los árboles de fruta que no estaban lejos de la ventana. El reflejo del Sol en la ventana misma apeló a la curiosa naturaleza del cuervo. Siguiendo el instinto, se acercó para robar el brillo inexistente. Decepcionado, se detuvo en el marco de la ventana, donde, nuevamente, fue presa de la curiosidad, al mirar hacia adentro de la habitación.
Queriendo explorar más allá de sus dominios exteriores, pegó un brinco y trató de volar dentro de la habitación. Pero su impulso fue demasiado fuerte y golpeó un ala contra el techo rugoso de la habitación. Más grande que el golpe, fue la sorpresa del cuervo al descubrir que el ala se quedó pegada al techo. En lo que cualquier persona adulta interpretaría como pánico, el ave intentaba en vano escapar de su inesperado captor.
Lo que nadie hubiera esperado (mucho menos el cuervo) fue que el techo empezara a volverse viscoso; hasta cierto punto, vivo. Surgieron de su superficie infinidad de filamentos minúsculos, que formaban alguna especie de cordones que se lanzaban de un lado a otro. Se podría pensar que el ave cayó en un techo de brea blanca, mientras más intentaba escapar, más quedaba atrapada. La viscosidad del techo, comenzó a absorber al cuervo. Éste, desfalleciendo, decidió que ya no valía la pena seguir tratando de liberarse. Cerró los ojos y se sumió en la oscuridad.
Algún tiempo después, abrió los ojos nuevamente. Curioso, como siempre, se lanzó al vuelo. Voló sobre un maizal interminable, sin espantapájaros a la vista, donde todas las mazorcas eran comestibles y nunca se acabarían. Se posó en un árbol y vio a lo lejos. Cayó en la cuenta de algo: todo era blanco. El maizal, la tierra, el cielo, el árbol donde estaba posado, incluso, se dió cuenta qué él mismo había perdido su oscuro color y era totalmente blanco. Si hubiera habido algún espejo cerca, hubiera visto que su otrora pico y ojos negros eran totalmente blancos.
Detenido en la vigía desde el árbol, fue descubierto por un inquieto observador que moraba en la habitación donde la curiosidad lo hizo víctima y protagonista de una de las historias que servían para satisfacer la curiosidad creativa de un niño que quería oir más historias.
Barbeytus…