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Una colina violeta…

Desde el momento que la primera lágrima salió, mantuvo la compostura como un soldado. Lo único que sabía hacer perfectamente, lo que aprendió a lo largo de tantos años de entrenamiento: mantener la calma. Pensar. Un problema se presentaba y solamente imaginaba miles de escenarios posibles, cada uno con una solución distinta; cada solución con sus consecuencias, sus tiempos, sus bemoles.
Atravesando su cerebro se encontraban miles de ideas. Por fuera, sólo veía unos ojos que reflejaban poco a poco la calma que transmitía. Tal vez, la cantidad de ideas tan inclemente, en vez de realmente ayudar, sólo entumecieron la sensación. Pero todo llegó al equilibrio. ¿O no?
En el justo momento del cero absoluto, el silencio fue ensordecedor. De esas miles de ideas, ahora sólo quedó una. Y no era tanto una idea. Era una pregunta. Incapaz de razonar las emociones ya, el último atisbo de razón fue destrozado por una emoción. ¿Por qué no podía decirle lo que sentía? ¿Decir “te amo” es realmente tan aterrador?
La impotencia de expresar emociones fue tan inhumana que metafóricamente lo hizo caer de rodillas. De repente, dejó de ser el enorme hombre en que se había convertido con el paso del tiempo y volvió a ser aquel niño inseguro que se escondía atrás de una columna para evitar ser visto. En esa metamorfosis, la armadura le quedó muy grande; como tal, se cayó en pedazos al suelo, donde, finalmente, quedó desnudo, viendo hacia abajo, mientras caían sus lágrimas, alternadamente al olvido. Una sola imagen apareció en su cabeza: un niño abrazando a un árbol. Aunque, ya no sabía si él era el niño o el árbol.
En el mundo físico, sintió un par de brazos alrededor de su cuerpo, un hombro frente a sus ojos con lágrimas y un par de oídos para sus torpes balbuceos. Su voz suplicaba un cese al llanto, y hubiera sido feliz de poder complacer esa petición, pero así como vinieron, se irían solas al cabo de un rato. Sólo quedaba tratar de explicar. No explicar la sensación, sino la cobardía de no haberla expresado. “Es que quería que fuera muy chido cuando te lo dijera”, alcanzó por fin a decir. Una oración que resumía su planificador y racional caracter de siempre. “Tonto, me hiciste llorar”, fue la espontánea y emotiva réplica… Y eso que no se lo había dicho aún.
El niño se levantó. Se secó las lágrimas y levantó la cabeza por fin. El equilibrio había llegado. Éste sí era el cero absoluto, donde todo el universo se balanceaba perfectamente en el filo de un cristal. El niño tomó el cristal de un lado y los brazos que antes lo abrazaban, tomaron el otro lado. El niño volvió a ser un hombre. El hombre dijo “Yo te amo”. Y el baile comenzó, con la ciudad haciendo la eterna sinfonía cósmica apropiada para la situación.
Barbeytus in the Violet Hill…

Desde el momento que la primera lágrima salió, mantuvo la compostura como un soldado. Lo único que sabía hacer perfectamente, lo que aprendió a lo largo de tantos años de entrenamiento: mantener la calma. Pensar. Un problema se presentaba y solamente imaginaba miles de escenarios posibles, cada uno con una solución distinta; cada solución con sus consecuencias, sus tiempos, sus bemoles.

Atravesando su cerebro se encontraban miles de ideas. Por fuera, sólo veía unos ojos que reflejaban poco a poco la calma que transmitía. Tal vez, la cantidad de ideas tan inclemente, en vez de realmente ayudar, sólo entumecieron la sensación. Pero todo llegó al equilibrio. ¿O no?

En el justo momento del cero absoluto, el silencio fue ensordecedor. De esas miles de ideas, ahora sólo quedó una. Y no era tanto una idea. Era una pregunta. Incapaz de razonar las emociones ya, el último atisbo de razón fue destrozado por una emoción. ¿Por qué no podía decirle lo que sentía? ¿Decir “te amo” es realmente tan aterrador?

La impotencia de expresar emociones fue tan inhumana que metafóricamente lo hizo caer de rodillas. De repente, dejó de ser el enorme hombre en que se había convertido con el paso del tiempo y volvió a ser aquel niño inseguro que se escondía atrás de una columna para evitar ser visto. En esa metamorfosis, la armadura le quedó muy grande; como tal, se cayó en pedazos al suelo, donde, finalmente, quedó desnudo, viendo hacia abajo, mientras caían sus lágrimas, alternadamente al olvido. Una sola imagen apareció en su cabeza: un niño abrazando a un árbol. Aunque, ya no sabía si él era el niño o el árbol.

En el mundo físico, sintió un par de brazos alrededor de su cuerpo, un hombro frente a sus ojos con lágrimas y un par de oídos para sus torpes balbuceos. Su voz suplicaba un cese al llanto, y hubiera sido feliz de poder complacer esa petición, pero así como vinieron, se irían solas al cabo de un rato. Sólo quedaba tratar de explicar. No explicar la sensación, sino la cobardía de no haberla expresado. “Es que quería que fuera muy chido cuando te lo dijera“, alcanzó por fin a decir. Una oración que resumía su planificador y racional caracter de siempre. “Tonto, me hiciste llorar“, fue la espontánea y emotiva réplica… Y eso que no se lo había dicho aún.

El niño se levantó. Se secó las lágrimas y levantó la cabeza por fin. El equilibrio había llegado. Éste sí era el cero absoluto, donde todo el universo se balanceaba perfectamente en el filo de un cristal. El niño tomó el cristal de un lado y los brazos que antes lo abrazaban, tomaron el otro lado. El niño volvió a ser un hombre. El hombre dijo “Yo te amo“. Y el baile comenzó, con la ciudad haciendo la eterna sinfonía cósmica apropiada para la situación.

Barbeytus in the Violet Hill

The Best…

La mejor historia romántica que he oido fue protagonizada por un niño que se enamora de una niña que se llamaba Melody. Ha sido la mejor, porque es inocente, pura. Un par de chamacos de 11 años que deciden casarse y huir de todos los que tratan de impedírselos. Ha sido la mejor porque la inocencia de los niños los hace actuar por puro instinto, por pura emoción… Ellos no saben de trabajo, o de distancias, o de dinero, o de pensar en el futuro. Sólo viven lo que sienten en ese mismo instante…
El mejor origen de algún personaje de ficción ha sido el de James Bond. Ha sido el mejor porque no lo conozco: porque James Bond significa martinis agitados no revueltos, una Walther PPK y chicas Bond. Porque nadie se preocupa por conocer la terrible o cómoda infancia que haya tenido el 007. No tiene historia. James Bond ES el 007. Y ya. No es nadie más: no es el hijo, el padre, el esposo, el sobrino, etcétera. James Bond sólo es. Tiempo presente… No pasado, ni futuro.
La belleza de estos dos pasajes radica en el ahora. A ninguno de ellos les importa el futuro, y muchísimo menos les preocupa su pasado. Sólo son y están donde y cuando deben de hacerlo. Es la ominosa sentencia de Oogway que no me deja de maravillar: “El ayer es historia, el mañana es un misterio, el ahora es un regalo. Por eso le dicen presente”. Y sí, es un presente tan grandioso que el tiempo se detiene por un instante sólo para poder disfrutarlo.
Es vivir. Simple. Pensar, sentir, saltar, pintar, caminar, hablar, ver, desear… “Sé feliz por este momento. Este momento es tu vida”. A pesar de todo, siempre hay un motivo para sonreir y pensar que lo que sucede, siempre pasa por una razón específica. “Todo cae por su propio peso”, le repetía una y otra vez a Tanya, aunque realmente, se me antoja más salir volando con todas mis cosas… Y no precisamente para escapar.
Barbeytus ha vuelto…

La mejor historia romántica que he oido fue protagonizada por un niño que se enamora de una niña que se llamaba Melody. Ha sido la mejor, porque es inocente, pura. Un par de chamacos de 11 años que deciden casarse y huir de todos los que tratan de impedírselo. Ha sido la mejor porque la inocencia de los niños los hace actuar por puro instinto, por pura emoción… Ellos no saben de trabajo, o de distancias, o de dinero, o de pensar en el futuro. Sólo viven lo que sienten en ese mismo instante…

El mejor origen de algún personaje de ficción ha sido el de James Bond. Ha sido el mejor porque no lo conozco: porque James Bond significa martinis agitados no revueltos, una Walther PPK y chicas Bond. Porque nadie se preocupa por conocer la terrible o cómoda infancia que haya tenido el 007. No tiene historia. James Bond ES el 007. Y ya. No es nadie más: no es el hijo, el padre, el esposo, el sobrino, etcétera. James Bond sólo es. Tiempo presente… No pasado, ni futuro.

La belleza de estos dos pasajes radica en el ahora. A ninguno de ellos les importa el futuro, y muchísimo menos les preocupa su pasado. Sólo son y están donde y cuando deben de hacerlo. Es la ominosa sentencia de Oogway que no me deja de maravillar: “El ayer es historia, el mañana es un misterio, el ahora es un regalo. Por eso le dicen presente“. Y sí, es un presente tan grandioso que el tiempo se detiene por un instante sólo para poder disfrutarlo.

Es vivir. Simple. Pensar, sentir, saltar, pintar, caminar, hablar, ver, desear… “Sé feliz por este momento. Este momento es tu vida“. A pesar de todo, siempre hay un motivo para sonreir y pensar que lo que sucede, siempre pasa por una razón específica. “Todo cae por su propio peso“, le repetía una y otra vez a Tanya, aunque realmente, se me antoja más salir volando con todas mis cosas… Y no precisamente para escapar.

Barbeytus ha vuelto…

We men of science…

Lo primero que aprendemos es que si algo no es comprobable, no puede ser cierto. La lógica nos es inculcada desde la primaria: desde el 2+2=4 de matemáticas y el 1+1=3 de biología. Eventualmente, parece que la comprobación de lo que sucede alrededor para que sea válido.
Ciencia. Método científico. Si no me falla la memoria, creo que eran cinco pasos: identificación del problema, hipótesis, experimentación, resultados y conclusiones. Pero no todos somos “experimentadores”. Creo que la mayoría nos aferramos a lo que ya conocemos y no somos capaces de dar el paso e intentar algo nuevo. Mmm… Es algo “aburrido”, pero “seguro”. Y claro, siempre habrá quien haya tenido una experiencia distinta a la propia que le funcionó, pero al no ser coincidente con la propia, obviamente, debe estar mal. Aunque a veces funciona. Ja.
Aunque, la experimentación, a pesar de no ser experimentadores, sucede de manera cotidiana. Y de la misma manera, los “resultados” de esos “experimentos”, nos hacen llegar a ciertas “conclusiones”. Pero… La vida no es un tubo de ensayo. La vida misma es un ser vivo, que va evolucionando y va creciendo, desperdigándose por muchas áreas y que no deja de ser una fuente de conocimiento.
Tomando la vida como la fuente del problema, desarrollando la hipótesis que nunca se terminará de aprender acerca del problema, experimentando a lo largo de la existencia de uno… Fuck! Sólo queda esperar que cuando deje uno de existir, uno pueda ser capaz de descubrir el resultado y sacar las conclusiones.
Mientras, hay que practicar la caída libre… Si falla, podemos acelerar las conclusiones.
Barbeytus experimentando…

De lo primero que aprendemos es que si algo no es comprobable, no puede ser cierto. La lógica nos es inculcada desde la primaria: desde el 2+2=4 de matemáticas y el 1+1=3 de biología. Eventualmente, parece que la comprobación de lo que sucede alrededor para que sea válido.

Ciencia. Método científico. Si no me falla la memoria, creo que eran cinco pasos: identificación del problema, hipótesis, experimentación, resultados y conclusiones. Pero no todos somos “experimentadores”. Creo que la mayoría nos aferramos a lo que ya conocemos y no somos capaces de dar el paso e intentar algo nuevo. Mmm… Es algo “aburrido”, pero “seguro”. Y claro, siempre habrá quien haya tenido una experiencia distinta a la propia que le funcionó, pero al no ser coincidente con la propia, obviamente, debe estar mal. Aunque a veces funciona. Ja.

Aun así, la experimentación, a pesar de no ser experimentadores, sucede de manera cotidiana. Y de la misma manera, los “resultados” de esos “experimentos”, nos hacen llegar a ciertas “conclusiones”. Pero… La vida no es un tubo de ensayo. La vida misma es un ser vivo, que va evolucionando y va creciendo, desperdigándose por muchas áreas y que no deja de ser una fuente de conocimiento.

Tomando la vida como la fuente del problema, desarrollando la hipótesis que nunca se terminará de aprender acerca del problema, experimentando a lo largo de la existencia de uno… Fuck! Sólo queda esperar que cuando deje uno de existir, uno pueda ser capaz de descubrir el resultado y sacar las conclusiones.

Mientras, hay que practicar la caída libre… Si falla, podemos acelerar las conclusiones.

Barbeytus experimentando…

Falling Slowly…

by Glen Hansard & Marketa Irglova

I don’t know you
But I want you
All the more for that
Words fall through me
And always fool me
And I can’t react

And games that never amount
To more than they’re meant
Will play themselves out

Take this sinking boat and point it home
We’ve still got time
Raise your hopeful voice you have a choice
You’ll make it now

Falling slowly, eyes that know me
And I can’t go back
Moods that take me and erase me
And I’m painted black

You have suffered enough
And warred with yourself
It’s time that you won

Take this sinking boat and point it home
We’ve still got time
Raise your hopeful voice you had a choice
You’ve made it now
Falling slowly sing your melody
I’ll sing along

Barbeytus…

Update: Pues, no fue caída lenta. Decidí mejor por el salto y la caída libre…

Cuentos nocturnos…

Pocos minutos después de apagada la luz, sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Comenzó a detectar los bordes, y poco después, los detalles con la mortecina luz que entraba por la ventana que estaba a pocos centímetros de la cabecera de su cama. Abría los ojos grandes para iniciar la aventura de esta noche.
Cuando era más pequeño, le hubiera gustado oir historias de alguno de sus padres, pero como gente ocupada del mundo moderno siempre estuvieron demasiado ocupados como para siquiera leerle una historia, no digamos inventarle alguna. Tan pronto comenzó a leer, tomó los libros que tenía a la mano, y a pesar de su corta edad, realmente disfrutaba leer lo que les pasaba a personajes extraños a su realidad.
Cuando se acabaron los libros, pareció que su hambre de historias no disminuía: quería más. Pero como no había más, decidió inventarse las propias. Una noche, después de varias sin historias, vió hacia el techo de su habitación, pintado de blanco totalmente, con ese extraño acabado que años después, descubriría que era rugoso. Ahí encontró al cuervo. Viendo hacia lo lejos, incolumne y tan blanco como lo demás de esa superficie.
Ese cuervo en particular, estaba volando un día entre los árboles de fruta que no estaban lejos de la ventana. El reflejo del Sol en la ventana misma apeló a la curiosa naturaleza del cuervo. Siguiendo el instinto, se acercó para robar el brillo inexistente. Decepcionado, se detuvo en el marco de la ventana, donde, nuevamente, fue presa de la curiosidad, al mirar hacia adentro de la habitación.
Queriendo explorar más allá de sus dominios exteriores, pegó un brinco y trató de volar dentro de la habitación. Pero su impulso fue demasiado fuerte y golpeó un ala contra el techo rugoso de la habitación. Más grande que el golpe, fue la sorpresa del cuervo al descubrir que el ala se quedó pegada al techo. En lo que cualquier persona adulta interpretaría como pánico, el ave intentaba en vano escapar de su inesperado captor.
Lo que nadie hubiera esperado (mucho menos el cuervo) fue que el techo empezara a volverse viscoso; hasta cierto punto, vivo. Surgieron de su superficie infinidad de filamentos minúsculos, que formaban alguna especie de cordones que se lanzaban de un lado a otro. Se podría pensar que el ave cayó en un techo de brea blanca, mientras más intentaba escapar, más quedaba atrapada. La viscosidad del techo, comenzó a absorber al cuervo. Éste, desfalleciendo, decidió que ya no valía la pena seguir tratando de liberarse. Cerró los ojos y se sumió en la oscuridad.
Algún tiempo después, abrió los ojos nuevamente. Curioso, como siempre, se lanzó al vuelo. Voló sobre un maizal interminable, sin espantapájaros a la vista, donde todas las mazorcas eran comestibles y nunca se acabarían. Se posó en un árbol y vio a lo lejos. Cayó en la cuenta de algo: todo era blanco. El maizal, la tierra, el cielo, el árbol donde estaba posado, incluso, se dió cuenta qué él mismo había perdido su oscuro color y era totalmente blanco. Si hubiera habido algún espejo cerca, hubiera visto que su otrora pico y ojos negros eran totalmente blancos.
Detenido en la vigía desde el árbol, fue descubierto por un inquieto observador que moraba en la habitación donde la curiosidad lo hizo víctima y protagonista de una de las historias que servían para satisfacer la curiosidad creativa de un niño que quería oir más historias.
Barbeytus…

Pocos minutos después de apagada la luz, sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Comenzó a detectar los bordes, y poco después, los detalles con la mortecina luz que entraba por la ventana que estaba a pocos centímetros de la cabecera de su cama. Abría los ojos grandes para iniciar la aventura de esta noche.

Cuando era más pequeño, le hubiera gustado oir historias de alguno de sus padres, pero como gente ocupada del mundo moderno siempre estuvieron demasiado ocupados como para siquiera leerle una historia, no digamos inventarle alguna. Tan pronto comenzó a leer, tomó los libros que tenía a la mano, y a pesar de su corta edad, realmente disfrutaba leer lo que les pasaba a personajes extraños a su realidad.

Cuando se acabaron los libros, pareció que su hambre de historias no disminuía: quería más. Pero como no había más, decidió inventarse las propias. Una noche, después de varias sin historias, vió hacia el techo de su habitación, pintado de blanco totalmente, con ese extraño acabado que años después, descubriría que era rugoso. Ahí encontró al cuervo. Viendo hacia lo lejos, incolumne y tan blanco como lo demás de esa superficie.

Ese cuervo en particular, estaba volando un día entre los árboles de fruta que no estaban lejos de la ventana. El reflejo del Sol en la ventana misma apeló a la curiosa naturaleza del cuervo. Siguiendo el instinto, se acercó para robar el brillo inexistente. Decepcionado, se detuvo en el marco de la ventana, donde, nuevamente, fue presa de la curiosidad, al mirar hacia adentro de la habitación.

Queriendo explorar más allá de sus dominios exteriores, pegó un brinco y trató de volar dentro de la habitación. Pero su impulso fue demasiado fuerte y golpeó un ala contra el techo rugoso de la habitación. Más grande que el golpe, fue la sorpresa del cuervo al descubrir que el ala se quedó pegada al techo. En lo que cualquier persona adulta interpretaría como pánico, el ave intentaba en vano escapar de su inesperado captor.

Lo que nadie hubiera esperado (mucho menos el cuervo) fue que el techo empezara a volverse viscoso; hasta cierto punto, vivo. Surgieron de su superficie infinidad de filamentos minúsculos, que formaban alguna especie de cordones que se lanzaban de un lado a otro. Se podría pensar que el ave cayó en un techo de brea blanca, mientras más intentaba escapar, más quedaba atrapada. La viscosidad del techo, comenzó a absorber al cuervo. Éste, desfalleciendo, decidió que ya no valía la pena seguir tratando de liberarse. Cerró los ojos y se sumió en la oscuridad.

Algún tiempo después, abrió los ojos nuevamente. Curioso, como siempre, se lanzó al vuelo. Voló sobre un maizal interminable, sin espantapájaros a la vista, donde todas las mazorcas eran comestibles y nunca se acabarían. Se posó en un árbol y vio a lo lejos. Cayó en la cuenta de algo: todo era blanco. El maizal, la tierra, el cielo, el árbol donde estaba posado, incluso, se dió cuenta qué él mismo había perdido su oscuro color y era totalmente blanco. Si hubiera habido algún espejo cerca, hubiera visto que su otrora pico y ojos negros eran totalmente blancos.

Detenido en la vigía desde el árbol, fue descubierto por un inquieto observador que moraba en la habitación donde la curiosidad lo hizo víctima y protagonista de una de las historias que servían para satisfacer la curiosidad creativa de un niño que quería oir más historias.

Barbeytus…

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