Y me ví sumergido en la nostalgia. Una voz muy lejana me sigue diciendo “vuelve”, y es casi irresistible, que aunque las circunstancias no son propicias, no deja de recordarme un tiempo por demás extraño de mi vida. Lo más extraño, naturalmente, es que quiera regresar a ese momento. Aún mientras escribo estas líneas, es casi imposible evitar pensar en volver; mientras duermo, recorro de memoria los caminos que anduve entonces; mientras estoy despierto, me sorprendo pensando en ir a Campeche.
Al volver de Ulumal lo dije: la Comarca me salvó a mí. ¿Será que necesito ser salvado? Recuerdo perfectamente los atardeceres en el potrero, mientras hablaba por teléfono, y cuantas veces me sorprendió la noche en ese lugar, siendo atacado por decenas de mosquitos. Regresar a casa de Maura, conectarme a internet y enviar correos y leer las nuevas; tal vez despues, platicar un rato con la gente. Pasar con don Rodo y echarnos mentiras un rato. Llegar al CS y ver que los chavos me esperaban para cotorrear un rato. Una rutina simple…
Siempre he querido volver. Visitar mi antiguo terreno. Ver si efectivamente hubo un legado que dejara que haya valido la pena. Pero más que nunca, ahora extraño a la gente que me arropo como a uno de los suyos, a pesar de ser un perfecto desconocido. No creo que tengan una idea clara del impacto tan fuerte que ese año tuvo en mí, en mi vida, en mi profesión; pero estoy seguro que saben que algo me conecta con ellos, con ese lugar, con esa tierra. La tierra me llama.
Me llama el volver a caminar bajo la lluvia torrencial de un día de septiembre, mojado hasta los calcetines y sonriendo mientras caminaba. Porque la lluvia limpia todo, y se lleva hasta los más profundos temores. Me llaman las ranas con su baile interminable durante la lluvia, hipnotizandome con el incesante croar que viene de mil fuentes, intimidantes y maravillosas. Me llaman los relámpagos que alumbran el cielo por las noches, muy alto, mostrándome el contorno de las nubes, y los truenos que retumban a lo largo del valle, perdiéndose entre los árboles a la distancia. Me llama el viento fresco del verano, y el viento helado de los nortes, que me llevaban noticias de lugares lejanos, haciéndome sentir en casa nuevamente.
Me llama el murmullo de los niños que van a la escuela por las mañanas, preparándose para hacer honores a la bandera los lunes. Me llama el jolgorio inclemente de los vendedores cuando pagaban Oportunidades, para aprovecharse de los centavos que les llegaban a las señoras. Me llaman las canciones de borrachos de la cantina junto al CS, que se detenían exactamente a las seis de la tarde cuando cerraban, pero que no paraba nunca. Me llaman los anuncios en el perifoneo, anunciando pan, tamales y carne, y que alguien recibiría una llamada en veinte minutos.
Me llama el silencio absoluto de la noche, en esos momentos cuando me sabía perfectamente solo en mi cuarto, que salía a fumar un cigarro y sólo había por ahí algún grillo despistado o un perro buscando comida. Me llama esa tranquilidad total de la medianoche, donde a lo lejos se escuchaba algún automóvil que pasaba por la carretera. Me llama sentarme en una silla, afuera del CS, mientras no había electricidad por la lluvia, con mi guitarra y un cigarro, para pasar el rato.
Es absurdo… Tanto tiempo que quise volver aquí y ahora no pienso en más que regresar. Ulumal… ¿Qué te debo que no me dejas y me llamas de vuelta?
Barbeytus…
